Columna David Faitelson | 22-10-2021




Daño colateral...

"La inteligencia, entre muchas otras cosas, es la capacidad de cambiar de opinión cuando a uno se le presentan -o recibe- información precisa y certera, y datos duros que contradicen nuestras ideas, convicciones, postulados y posturas".


ARTURO SARUKHAN

El futbol mexicano se pregunta cómo y por qué ha llegado a una situación donde el número de goles, las emociones y hasta la intensidad de los partidos ha disminuido notablemente y donde, a cambio de ello, se encuentra con grandes parajes del torneo donde el aburrimiento se impone. La respuesta es muy sencilla y la tienen los propios dueños de clubes del futbol mexicano.


¿Acaso ellos -los que toman decisiones- creían que no habría consecuencias del hecho de abolir el ascenso y el descenso, y cambiar el formato de la competencia a uno donde 12 de 18 equipos acceden a una postemporada en busca del título? No había que ser un "genio" para entender que ese tipo de determinaciones terminarían por afectar, a corto, mediano plazo, al futbol que se juega en las canchas mexicanas. Este momento, el que vivimos actualmente, ocurre justo cuando las tribunas de los estadios se vuelven a abrir al 100 por ciento y cuando el semáforo epidemiológico en la mayor parte de las ciudades del país que tienen futbol ha cambiado, por fortuna, al color verde.


En su intento de volver a una "normalidad", en plena retirada de "los escombros" y de un reordenamiento general de nuestras vidas, el futbol mexicano y su industria se encuentran con que las decisiones tomadas bajo la urgencia y crisis de la pandemia pudieron haber sido precipitadas e inapropiadas.


Lo primero que hicieron pedazos los dueños de clubes fue el sentido competitivo del juego. Y no les bastó con anular el ascenso y el descenso, que es una forma natural en el deporte utilizada para generar presión y para mantener alertas y competitivos a los contendientes. El siguiente paso consistió en alterar un formato de competencia en el que se incluye una fase de reclasificación, donde equipos que terminan del puesto 9 al 12 tiene el derecho de jugarse, a un sólo partido -a ganar o morir- el pase a la Liguilla por el título en casa de los que concluyeron el certamen regular del puesto 5 al 8.


¿Qué provocó ello? Mucha más mediocridad.


Hemos atestiguado escenarios casi tétricos donde equipos con tres triunfos y aún teniendo sitios en el fondo de la tabla (últimos, penúltimos y antepenúltimos) están en posibilidad de acceder a las Finales.


Irónicamente y seguramente, sin buscarlo, los dirigentes encontraron una fórmula que podría ser exitosa: el pase directo a la Liguilla de los cuatro primeros puestos de la general. Ello ha provocado una lucha intensa por ganar puntos para sostenerse en un sitio de élite y evitar el peligro de la reclasificación.


La determinación de acabar con la Liga de Ascenso y no castigar la mediocridad deportiva con un descenso debe ser la decisión más delicada y triste en la historia del futbol mexicano.


Fue una medida tomada bajo "la tormenta" de la pandemia, pero ya avisada y contextualizada desde hace tiempo. Los dueños del balón querían tener la seguridad de que su capital, su inversión, su poder no se les escapara de las manos a partir del rendimiento futbolístico. Es una manera de no correr riesgos y de relajarse ante la competencia. Lo que vemos hoy es una consecuencia, un daño colateral al futbol y a su esencia competitiva.